La historia de Jasón y Medea es una de las más conocidas de la mitología. Nando López, el escritor de la obra teatral, rescata este mismo argumento, pero desde una perspectiva mucho más actual.
Jasón era hijo de Esón, rey de una ciudad de la región de Tesalia llamada Yolcos. Cuando Jasón aún era un niño, su tío Pelias se hizo con el trono de Yolcos y, tras fingir su muerte, su madre lo envió con el centauro Quirón, entrenador de héroes, para asegurar su vida. Con la incertidumbre que le acechaba por su recién estrenado reinado, Pelias consultó a un oráculo, el cual profetizó que un hombre calzado con una sola sandalia pondría en peligro su trono.
A sus veinte años, Jasón emprendió su camino de vuelta a Yolcos. En su travesía, se encontró con una anciana que buscaba ayuda para cruzar el río, que no era más que la diosa Hera con otra apariencia y la intención de poner a prueba al joven. En el agua perdió una de sus sandalias y cuando se presentó delante de su tío, este no tardó en recaer en la ausencia del zapato. Pelias, consciente de su destino, aceptó la pérdida de su trono, pero no sin que antes Jasón le trajese el vellocino de oro.
El vellocino de oro era el nombre que recibía la piel dorada de un carnero que tenía el poder de volar. Muchos héroes antes habían intentado hacerse con ella, pero habían fracasado en el intento, puesto que se encontraba en una encina custodiada por un enorme dragón que no necesitaba dormir. La noticia se hizo eco y tuvo pronta respuesta. A su tripulación se unieron reputadas personalidades como Heracles, Orfeo, Cástor y Pólux, Peleo y Telamón. La ayuda que le brindó a Hera en su momento le fue devuelta, le dio a la tripulación un barco que Atenea, diosa de la sabiduría y estrategia, ayudó a construir. Juntos, conformaron el grupo de los Argonautas.
En aquel momento empezó su odisea hasta llegar a la Cólquida, un camino que estuvo plagado de dificultades y algún que otro romance. Cuando finalmente llegaron a su destino, Jasón demandó al rey Eetes el vellocino de oro. El rey, por su parte, prometió dárselo a cambio de que el héroe completase tres misiones: uncir a un yugo dos toros mágicos, con ellos trabajar la tierra y plantar dientes de león de los cuales brotaría un ejército y derrotar al dragón que custodiaba el vellocino. Completamente abrumado por las tareas, Jasón volvió a pedir ayuda a la diosa Hera. Esta ayuda apareció en forma de sacerdotisa, concretamente se llamaba Medea y era la hija del rey Eetes. Esta pronto se enamoró del joven y no dudó en emplear sus conocimientos en brujería para ayudarlo y así consiguieron hacerse con el ansiado botín. Una vez conseguido el objetivo, huyeron del territorio del rey Eetes y Jasón prometió a Medea desposarla y serle fiel.

La traición a su padre no tardó en ser castigada. El rey envió una flota comandada por su hijo para capturar a los Argonautas y a su hija. Cuando la tropa del rey se encontró con ellos, Medea mató a su hermano y tiró su cuerpo al mar, dando así tiempo a su tripulación para huir.
El camino de vuelta fue igual de sufrido que el de ida y, tras muchas peripecias, lograron llegar a Yolcos. Jasón se reunió con su tío Pelias para que él cumpliera con su parte del trato, pero el entonces mandatario se negó. Con su astucia y conocimientos, Medea planeó una solución que consistía en que Pelias fuese asesinado a manos de sus propias hijas con la condición de que esto las haría rejuvenecer. Pero esta acción no obtuvo el resultado esperado y, muerto el rey, el pueblo expulsó a Jasón y Medea por la barbarie cometida y estos quedaron, de nuevo, a la deriva.
Tras 10 años y dos hijos, Jasón, harto de vagar por el mundo sin patria, decidió casarse con la hija del rey de Corinto, Creúsa, asegurando allí su nuevo hogar. Medea, sintiéndose traicionada, decidió urdir un plan de venganza. Primero, regaló a Creúsa un espectacular manto, que en el mismo momento que la joven lo visitó, hizo que todo su cuerpo ardiera. No contenta con una muerte, asesinó a los hijos que compartía con Jasón, Mérmero y Feres.
Una vez completada su venganza, Medea huyó en un carro alado, regalo de su abuelo Helios, y Jasón murió solo, tras caerle encima un trozo del barco que una vez le convirtió en leyenda.

Jasón y las Furias
La obra escrita por Nando López bebe de este mismo mito, pero contiene ciertas diferencias y es que da una perspectiva más humanizada y actual de esta historia que consideramos ficción. El propio autor la define como “una reflexión sobre todas las violencias que sufrimos, violencias sociales, violencias xenófobas, violencias machistas, cómo todas ellas configuran nuestra realidad”.
Esta pieza teatral se centra en la relación de Medea y Jasón y el escritor plantea una pregunta clave: “¿Cuántos culpables hay tras la muerte de esos hijos?”. Se indaga en los personajes y cómo les ha afectado su entorno mediante un nuevo final. Al héroe se le da la opción de descender al infierno e impedir la muerte de su progenie, mientras se redime de todos los crímenes cometidos.
En su misión de mostrar todas las caras de los protagonistas, López se centra en 3 facetas de cada uno. Por una parte, tenemos a Medea como mujer poderosa y, como toda mujer con algún tipo de poder, “también es víctima de toda esa misoginia que ha condenado a las mujeres poderosas”. A su vez es una “heroína en la sombra”, como la define Nando López, por su papel imprescindible para la consecución de los objetivos de Jasón, pero un papel que es poco reconocido. La última de estas dimensiones la comparte con su pareja y es la de persona inmigrante: “Cuando hablamos de temas tan terribles como la prioridad nacional o el arraigo, estamos realmente extendiendo un discurso xenófobo que afecta a mucha gente y de alguna manera ellos son víctimas de ese discurso”, explica López.
En lo que a Jasón corresponde, encontramos una faceta de persona ambiciosa, no de un hombre sometido al destino de los dioses como se suele pintar, y una parte más vulnerable, llena de contradicciones, tal y como explica el autor: “Me interesaba mucho el padre. El padre herido, el padre vulnerable. El hombre que se vuelve a enamorar de otra mujer”.
También aparece un conjunto de criaturas que imitan el papel de los coros en el teatro clásico. Estas se llaman fúrias en la mitología romana y López define que representan “todas y cada una de las víctimas que Jasón ha dejado atrás”. De esta manera se hace también hincapié en la sociedad machista y en “ese comportamiento egoísta, narcisista, de arrastrar a todas las mujeres que encuentra a su paso”.
Sin duda, una obra que traspasa la frontera del mito.
Llum Ripoll Corella