Catalina de Erauso, conocida como la Monja Alférez, vivió durante décadas bajo una identidad masculina y desafió las normas del Siglo de Oro.
Antes de convertirse en un personaje de teatro, Catalina de Erauso (San Sebastián, 1585/1592- Nueva España, actual México, 1650) ya había aprendido a representar un papel. Huyó del convento, vistió ropa de hombre, combatió como soldado y recorrió medio mundo desafiando las normas de su tiempo. Cuatro siglos después, su historia vuelve a escena de la mano de Teatro Círculo en el Festival Internacional de Teatro Clásico Castillo de Peñíscola. Una vida tan extraordinaria que «la convierte en figura de fábula o de leyenda, mas fue mujer de carne y hueso», según el portal Historia Hispánica de la Real Academia de la Historia.
Una mujer olvidada: ¿Quién fue Catalina de Erauso?
Según se relata en las memorias Historia de la Monja Alférez, Catalina de Erauso, escrita por ella misma, la conocida como la Monja Alférez fue uno de los personajes más singulares del Siglo de Oro español. Hija de un capitán, ingresó con apenas cuatro años en un convento de monjas dominicas, del que escapó siendo adolescente. Tras cortarse el pelo y vestirse con ropa de hombre, adoptó distintas identidades masculinas y emprendió un viaje que la llevaría hasta América.
"A la noche del 18 de marzo de 1600... tomé allí unas tijeras, hilo y una aguja... y tomé las llaves del convento y me salí... Híceme, de una basquiña de paño azul con que me hallaba, unos calzones... Corteme el pelo... y partí no sé por dónde" (Historia de la Monja Alférez, Catalina de Erauso, escrita por ella misma, cap 1).
Allí se alistó como soldado bajo el nombre de Alonso Díaz Ramírez de Guzmán y participó en la guerra de Arauco, donde obtuvo el grado de alférez. Las crónicas la describen como una persona valiente y hábil con las armas. Su vida estuvo marcada por duelos, enfrentamientos y constantes cambios de identidad. En 1623, tras ser detenida en Perú, confesó ante el obispo su verdadera condición: «Soy mujer (...) me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé».
Su historia alcanzó la corte de Felipe IV, quien le mantuvo el grado militar y le concedió una pensión. Años después, el papa Urbano VIII le permitió seguir vistiendo ropa masculina, una decisión insólita para la época. Cuatro siglos después, Catalina de Erauso sigue planteando preguntas que trascienden la biografía: ¿fue una mujer que desafió las normas de su tiempo, un hombre trans antes de que existiera ese concepto o una identidad imposible de encajar en las categorías actuales?

Identidad de Género: El modelo del “sexo único”
Su identidad de género ha llevado consigo un intenso debate. La tesis de Verónica Casais Vila, La interpretación de género en la comedia palatina: el travestismo en Las manos blancas no ofende, explica que en esa época el sexo biológico no era determinante, pues se creía en el modelo aristotélico del «sexo único». La mujer era una versión imperfecta del hombre y cabía la posibilidad de que una mujer mejorase su «condición convirtiéndose en hombre». Aunque era un proceso ilegal, era tolerado si servía fielmente a la Corona y a la Fe.
Sin embargo, el estudio Historia de la Monja Alférez postula el travestismo estratégico. Según esta visión, el disfraz fue la «la única vía» para obtener la libertad de movimientos negada a las mujeres. De esa manera podía escapar de la reclusión conventual para «andar y ver mundo». Al reflexionar sobre ello, es inevitable compararla con algunos referentes cinematográficos como ¿Víctor o Victoria? (1982) o Yentl (1983). Estas historias comparten la necesidad de renunciar a la identidad femenina para acceder a un espacio de conocimiento o libertad vetado por el patriarcado. Sin embargo, a diferencia de la ficción, Catalina de Erauso fue una figura de carne y hueso. Su vida también inspiró dos adaptaciones cinematográficas con el título La Monja Alférez: la de 1944, dirigida por Emilio Gómez Muriel, protagonizada por María Félix y con participación de Max Aub en el guion; y la de 1986, dirigida por Javier Aguirre e interpretada por Esperanza Roy. Ambas contribuyeron a consolidar el mito de este personaje histórico en la cultura popular.
La vida como interpretación: La Monja Alférez en el teatro
Su historia resulta inseparable del teatro del Siglo de Oro, una época en la que el recurso de la mujer vestida de hombre se convirtió en uno de los grandes tópicos de las comedias. Mientras dramaturgos como Lope de Vega, Tirso de Molina o Calderón de la Barca llevaban a escena personajes que rompían temporalmente las normas de género, Catalina parecía hacer lo propio fuera de las tablas. Su vida acabó convirtiéndose en una representación permanente. Desempeñó un papel social reservado a los hombres durante décadas.
No es casual que su historia inspirara la comedia La Monja Alférez, cuya autoría es atribuida a Juan Ruiz de Alarcón, según las investigaciones de la Universidad de Valladolid. En ella, el personaje de Guzmán resume el conflicto que atraviesa toda la obra con una pregunta desgarradora: «¿Para qué quiero vivir si saben que soy mujer?». En el siglo XX el personaje también inspiró al dramaturgo Domingo Miras, que escribió otra versión teatral con el mismo título en 1986.

¿Obra o realidad?: Más allá del personaje
Con esta pregunta se resume el conflicto que ha mantenido viva la historia de Catalina. No era solo el miedo a ser descubierta, sino también el temor a perder la identidad que había construido. Pero, con esa identidad también descubrió su forma de amar. Catalina cortejó a varias mujeres e incluso llegó a prometer matrimonio a algunas de ellas.
Es precisamente esa complejidad la que recupera hoy Teatro Círculo al llevar de nuevo su historia a escena. La compañía utiliza el teatro del Siglo de Oro para dialogar con debates plenamente contemporáneos sobre la identidad, el género, el deseo y la libertad. Quizá Catalina interpretó un papel para sobrevivir. O quizá descubrió quién realmente era. Cuatro siglos después, su vida sigue resistiéndose a las etiquetas. La Monja Alférez continúa sobre los escenarios porque, como las grandes tragedias del Siglo de Oro, sigue enfrentándonos a preguntas que permanecen abiertas.
Aina Beltrán