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LA MONJA ALFÉREZ: ROMPER LAS REGLAS PARA MANTENER VIVO EL CLÁSICO

LA MONJA ALFÉREZ: ROMPER LAS REGLAS PARA MANTENER VIVO EL CLÁSICO
13 de Julio de 2026

Tercer día de Festival. Tercera función. El Festival adquiere una dimensión internacional con La monja alférez, de la mano de la compañía neoyorquina Teatro Círculo. Las expectativas eran altas y el ambiente en el Patio de Armas del Castillo del Papa Luna lo dejaba claro: un amplio grupo de personas de todas las edades esperaba impaciente ante la entrada. Una vez dentro, con el murmullo del público, el sonido de la brisa y el graznido de las gaviotas parecía respirarse una atmósfera especial.

Minutos previos al inicio de la función, el director del Festival, Javier Sahuquillo, explicaba algunos datos clave sobre la compañía y la obra original. Planteaba la duda que rodea a su autoría, atribuida durante cuatro siglos a Juan Pérez de Montalbán y actualmente sometida a numerosos estudios que afirman que el verdadero autor sería Juan Ruiz de Alarcón.

La monja alférez, es una obra del Siglo de Oro español que nos introduce en la fascinante historia de vida de Catalina de Erauso, una joven que con tan solo 15 años decide rebelarse contra el destino que la sociedad occidental del siglo XVII le tenía preparado. Tras escapar de un convento, adopta una identidad masculina y se alista como soldado para embarcarse hacia América, experimentando una vida llena de duelos, batallas y aventuras bajo el nombre de Alonso Díaz Ramírez de Guzmán.

La obra nos plantea debates muy presentes en la época contemporánea. Catalina de Erauso, interpretada por María Fontanals, no solo se disfraza de hombre para huir, adopta una identidad masculina de forma permanente para poder vivir la vida que desea, lo que hace referencia a las conversaciones actuales sobre la libertad para definir nuestra propia identidad. Además, el personaje rompe con el rol pasivo que le imponía la sociedad como mujer y se enfrenta al patriarcado y a las leyes rígidas que intentan controlar los cuerpos y vidas de las personas.

Este trasfondo conceptual tan potente se tradujo en el escenario a través de una puesta en escena sumamente original y dinámica, alejada de cualquier encorsetamiento clásico. El gran acierto de la propuesta radicó en la figura de la maestra de ceremonias, interpretada por Karmele Aramburu. Con un atuendo más propio del siglo XX, su presencia rompía la ilusión de la época y actuaba como hilo conductor para el espectador. Lejos de resultar una figura rígida, introdujo valiosos toques de comedia y frescura que aligeraban la tensión dramática y lograban la complicidad del público. A este dinamismo contribuyó también la música en directo. El músico Juan Caleya, integrado en el espacio escénico, se encargó de tejer la banda sonora de la función en riguroso directo. Funcionó como un personaje más. capaz de acentuar el ritmo de las batallas, subrayar momentos de humor y potenciar los diálogos.

Más allá de los aciertos técnicos, el peso de la función se sostuvo sobre las grandes interpretaciones de todo el elenco. Aunque María Fontanals brilló con luz propia encarnando a la protagonista, el resto de los actores y actrices mostraron versatilidad y naturalidad, consiguiendo un ritmo interpretativo impecable que no decayó.

Para finalizar, la propuesta de Teatro Círculo demostró en Peñíscola que el teatro clásico no es intocable, sino un terreno sobre el que innovar. La compañía neoyorquina firmó una función atrevida y entretenida. El mejor reflejo del éxito fue el cierre de la noche: un patio de armas que se levantó para romper en un caluroso aplauso, confirmando que la valentía de arriesgar tiene su recompensa.


 

Paula Jordán