La última función. Don Juan en los infiernos fue la obra elegida para cerrar la XXIX edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Peñíscola. Las ganas del público se notaban desde antes de entrar: la cola para acceder al recinto era tan larga que llegaba hasta la plaza cercana a las puertas del Castillo del Papa Luna. Una vez ocupados los asientos, el ambiente nocturno en el Patio de Armas se sentía cargado de expectación. Parecía que el público intuía lo que iba a presenciar.
Antes del inicio de la función, el director del Festival, Javier Sahuquillo, dio algunos detalles sobre el montaje y también quiso poner punto y final al evento con unas palabras de agradecimiento a los diferentes equipos encargados de sacarlo adelante.
Don Juan en los infiernos es una propuesta es de la compañía aragonesa Teatro Che y Moche, con el texto de Moliere versionado por Gonzálo Suárez y adaptado por Joaquín Murillo. La función dirigida por Marian Pueo nos sitúa en el año 1598, en un contexto de decadencia absoluta que coincide con los últimos días de vida del rey Felipe II. Sobre el escenario no vemos al joven conquistador arrogante de siempre, sino a un Don Juan viejo, arruinado y moribundo, que vive sus horas más oscuras. La obra comienza con la llegada de Doña Elvira, el gran amor de su vida, a quien acompaña el fiel y sarcástico criado Esganarell. Este reencuentro desata una tormenta de reproches, recuerdos y ajustes de cuentas donde se repasa la turbulenta vida del seductor.
A través de estas escenas a tres bandas, la historia plantea debates contemporáneos: confronta el egoísmo del machismo histórico de Don Juan frente al sufrimiento real de sus víctimas, forzando al espectador a decidir si este mito merece la condena absoluta o la redención por amor en el final de sus días.
La función rompió los moldes tradicionales con la puesta en escena. El montaje despliega una energía potente que combina un texto clásico con una fuerte presencia de la iluminación de Tatoño Perales, las imágenes proyectadas de Óscar Sanmartín y el sonido. Resulta asombroso cómo solo tres intérpretes logran llenar el escenario, sosteniendo el ritmo durante los 75 minutos de función. Apoyados en una escenografía minimalista pero muy sugerente, los actores saltan del profundo drama a los toques de comedia con una versatilidad brutal. El trío actoral, formado por Joaquín Murillo interpretando a Don Juan, Saúl Blasco como Esganarell y Gema Cruz interpretando a Doña Elvira, demuestra una complicidad y una entrega física admirables, logrando que los diálogos cobren una potencia y frescura que atrapan por completo al público.
Este montaje supuso el cierre perfecto para la XXIX edición del certamen. Una interpretación vibrante, madura y valiente del mito que demostró que el teatro clásico puede conectar de lleno con el público de hoy sin perder su fuerza crítica. Cuando las luces se apagaron, los espectadores y espectadoras que abarrotaban el Patio de Armas iniciaron una ovación cerrada y unánime, despidiendo el Festival con el reconocimiento que merece una producción mágica. Un broche de oro inolvidable para un Festival que se despide dejando el listón muy alto.
Paula Jordán