La figura de Don Juan ha sobrevivido durante siglos como símbolo de seducción y deseo. Don Juan en los infiernos, adaptación de Joaquín Murillo de la obra de Gonzalo Suárez y del clásico de Molière, recupera esta lectura para preguntarse hasta qué punto sigue vigente en la sociedad actual e invita al espectador a reflexionar sobre el legado del llamado donjuanismo.
La obra empieza por el final. Desde el primer momento se nos presenta un Don Juan envejecido, consciente de que le queda poco tiempo de vida, pero que no se arrepiente de los actos que han definido su existencia. Paralelamente, el rey Felipe II atraviesa el mismo tránsito hacia la muerte; dos figuras históricas que, pese a representar valores opuestos, comparten el mismo destino. En sus últimos días, Don Juan agoniza acompañado por su sirviente, Sganarelle y por su esposa, Doña Elvira, mientras rememora una España que lo condenó por sus excesos, pero que al mismo tiempo lo convirtió en un mito.
Don Juan es un personaje que forma parte del imaginario colectivo occidental. Su nombre ha trascendido la literatura hasta convertirse en un arquetipo asociado a la seducción, el libertinaje y la conquista amorosa. Sin embargo, detrás de ese atractivo también se esconde un hombre incapaz de comprometerse, marcado por la manipulación y la ausencia de responsabilidad afectiva. Hoy seguimos utilizando la expresión “ser un Don Juan” para describir ese comportamiento. Por este mismo motivo, Joaquín Murillo, encargado de adaptar el texto, considera necesario recuperar esta historia: “Creo que es tremendamente necesario seguir hablando del donjuanismo cuando en esta sociedad todavía seguimos siendo víctimas de personajes como Don Juan”.
El propio título de la obra anticipa el destino del protagonista. La palabra “infierno” no solo hace referencia al posible castigo que le espera tras la muerte, sino también a un estado interior construido a partir de toda una vida dedicada al placer inmediato, sin reparar en las consecuencias de sus actos. Don Juan ha seducido, engañado y abandonado a numerosas mujeres, convencido de que nada puede limitar su libertad. Para Murillo, este camino le condujo inevitablemente a una condena: “Es a lo que se ha abocado él”, nos dijo. “Si realmente de una manera un poco lírica, poética, incluso clásica, la condena eterna existe más allá de que creamos en ella o no, él, que no cree en el cielo ni en el infierno, de alguna manera se verá condenado”. Añade también que esa condena la sufre a manos de la compañía: “nosotros lo condenamos”.
A pesar de su condena, Don Juan nunca pierde la capacidad de desafiar cualquier norma establecida. El ateísmo es parte central de su ideología, así como su falta de creencia, pero él mismo admite en la obra lo siguiente: “Te equivocas, tengo fe. Tengo fe en que la muerte sea una mujer”. Murillo citó este trozo de diálogo cuando hablamos de la visión que del mundo que tiene el protagonista. En su opinión, Don Juan es alguien capaz de justificar cualquier comportamiento mediante el encanto de sus palabras: “En cierta medida, me parece un tipo bastante malvado. Con buenas trazas, capaz de seducir, capaz de contar muy bien las cosas, pero hay gente muy enganchada a este comportamiento. Va mucho más allá; manipulación hipocresía, poder, ansia y egoísmo”.
Durante toda la obra, Don Juan está acompañado por dos figuras fundamentales: Sganarelle y Doña Elvira. Ambos funcionan como contrapuntos del protagonista y permiten que el espectador observe diferentes perspectivas sobre sus acciones.
Sganarelle, criado y compañero inseparable, representa el punto de vista del ciudadano corriente. Encarna una visión más tradicional de la vida y muy ligada a la religión y los valores establecidos: “Es el espejo en el que él se mira, la sociedad, la gente, el pueblo”, añade Murillo. Aún así, dista mucho de ser un ejemplo de virtud. Aunque es completamente consciente de la inmoralidad de su amo, continúa a su lado porque depende de él para sobrevivir: “Sganarelle también es muy interesado. Tiene mucho miedo a estar sin un amo que le cuide, aunque realmente tiene muy claro lo sinvergüenza y asqueroso que es su amo, pero lo acompaña”.

La otra figura que acompaña a Don Juan es Doña Elvira. A diferencia de la obra de Zorrilla, dónde el interés amoroso principal de Don Juan es Doña Inés —una joven novicia que representa la pureza, la inocencia y la posibilidad de redención—, la versión de Molière apuesta por la figura de la esposa, que también fue joven y seducida, pero ahora tiene más voluntad y voz, tanto por su clase social como por todo lo que ha aguantado en su matrimonio. “Me parece mucho más interesante que los personajes antagónicos sean Sganarelle y una mujer ya más mayor que lleva años aguantando a un tipo asqueroso como él”, define Murillo.
Al igual que sucede con Sganarelle, la adaptación no busca representar personajes planos, sino humanizarlos y darle al público que pensar: “Expones a personajes complejos, muy reales, que tienen distintas lecturas y todas son válidas”.
Por último, tenemos el personaje de Felipe II. Él se muere al mismo tiempo que Don Juan, pero el contraste entre ambos representa lados opuestos de la vida en España y sus ideologías. Mientras Don Juan simboliza el deseo, la libertad individual y el rechazo a la autoridad moral, Felipe II personifica la religión y el control ejercido por la monarquía y la Iglesia.
“En Felipe II estaría esa España más tradicional, cristiana, muy católica, con ese peso tan profundo del poder eclesiástico y la Inquisición. En el caso de Don Juan, tratamos de mostrar lo terrenal, lo carnal, el libertinaje”, explica Murillo. A través de ese enfrentamiento simbólico, la obra plantea una reflexión sobre las raíces culturales e ideológicas del país y sobre cómo muchas de esas tensiones siguen presentes en la actualidad. Como concluye el propio adaptador: “Mucho viene de aquella España, de aquellos barros, estos lodos. Siempre es bueno reflexionar sobre nuestros orígenes y sobre lo que pasaba en esa época. Es ahí donde se entiende nuestro presente”.
Llum Ripoll Corella