Crónica de una propuesta donde la técnica polifónica de Gretel y el desgarro de las Manolas transforman el paisaje del drama granadino.
La espera es el verdadero eje sobre el que gira Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores. Federico García Lorca convierte el paso del tiempo en una tragedia silenciosa, mostrando cómo las ilusiones pueden marchitarse cuando la vida queda detenida por una promesa incumplida. La compañía La Máquina recoge esta esencia y la traslada al presente mediante una propuesta innovadora que, bajo la dirección de Rafa Cruz y la adaptación de Marc Rosich, apuesta por una reinterpretación llena de simbolismo y personalidad sin perder el respeto por el texto original.
Desde el inicio queda claro que la intención de la compañía no es representar la obra de forma convencional, sino ofrecer una nueva lectura capaz de conectar con el espectador actual. La puesta en escena destaca por su sencillez y por la ausencia de grandes artificios. Con muy pocos elementos sobre el escenario, toda la atención recae sobre la interpretación y la fuerza del texto, permitiendo que la palabra y el gesto sean los auténticos protagonistas de la representación.
El mayor acierto del montaje es, sin duda, la actuación de Gretel Stuyck, que interpreta a todos los personajes de la obra. A través de pequeños cambios de vestuario, una cuidada modulación de la voz y un gran dominio de la expresión corporal consigue diferenciar cada personaje con naturalidad y sin que el público pierda el hilo de la historia. Su interpretación de Rosita resulta especialmente conmovedora, reflejando con sensibilidad la transformación de una mujer que pasa de la ilusión propia de la juventud a la resignación provocada por el paso del tiempo y las expectativas frustradas.

Uno de los aspectos más sorprendentes del montaje es la incorporación de referencias contemporáneas, especialmente la figura de Raffaella Carrà. Aunque en un primer momento pueda parecer una elección inesperada, termina convirtiéndose en un recurso muy eficaz. Su imagen representa la libertad y la ruptura con las convenciones sociales, estableciendo un interesante contraste con la vida de Rosita. Esa figura de la Carrà se reencarna en las tres Manolas —Nuria Bartolomé, Roser Arroyas y Candela Mora—, cuya presencia aporta dinamismo, humor y una mirada diferente sobre el texto de Lorca, enriqueciendo la propuesta sin romper su esencia. Las tres actrices y cantantes interpretan las canciones de la artista italiana con una sensibilidad capaz de emocionar al público e integrarlas plenamente en el universo dramático de la obra.
El momento más impactante llega con la reinterpretación de Para hacer bien el amor hay que venir al sur. La conocida canción abandona su carácter festivo para transformarse en un lamento lleno de emoción que sorprende al público y refuerza el sentimiento de pérdida que atraviesa toda la obra. Es una escena que demuestra la capacidad de la compañía para resignificar elementos de la cultura popular y convertirlos en herramientas dramáticas de gran fuerza.
La recepción del público fue positiva, aunque contenida. Durante la representación predominó un silencio atento que evidenciaba el interés por una propuesta que exigía una implicación constante del espectador. Las canciones de Raffaella Carrà, reinterpretadas desde una sensibilidad alejada de su carácter festivo, apenas fueron acompañadas por algunas voces aisladas entre el patio de butacas, quizás porque el tono melancólico de la función invitaba más a la contemplación que a la celebración. Al finalizar la obra, los aplausos confirmaron la buena acogida de una adaptación que, desde una mirada contemporánea, consiguió conectar con el público sin renunciar a la esencia del texto lorquiano.
En definitiva, La Máquina, bajo la dirección de Rafa Cruz y con la adaptación de Marc Rosich, firma una versión valiente y original que demuestra la vigencia del teatro de Lorca. La sólida interpretación de Gretel Stuyck sostiene una propuesta exigente que combina tradición y modernidad con acierto, mientras que la incorporación de nuevos códigos escénicos aporta una mirada fresca sobre un clásico universal. Aunque su carácter simbólico puede no resultar accesible para todo el público, el resultado final es una obra emocionante que invita a reflexionar sobre el paso del tiempo, la espera y las oportunidades perdidas. Más que actualizar a Lorca, esta adaptación demuestra que sus conflictos siguen dialogando con el presente y que los grandes clásicos continúan encontrando nuevas formas de emocionar al espectador.
Aina Beltrán Alapont