Tres actrices nos destripan, con cariño, el teatro y sus obras, de dentro hacia fuera: Carmen Mayordomo, María Fontanals y Cecilia Solaguren
Las olas llevan ya días esperándolo. Cuando rompen contra los pies de la muralla, si uno presta atención, puede escucharlas: “¡Que llega el teatro!”, y de tanta alegría se crea un ritmo melódico: “¡Que llega el teatro otro año a Peñíscola!”. También lo presiente el castillo, que lleva casi 30 años presidiendo los espectáculos como el escenario natural de este arte. No se equivocan. El Festival Internacional de Teatro Clásico llega a la ciudad del 6 al 18 de julio.
Lo clásico y lo contemporáneo se entrelazan para entrar en escena y recrearse en obras sin igual, que demuestran que el humano siempre lo ha sido, con sus luchas, sus deseos, sus lástimas y sus recelos. Los temas de pura actualidad, la migración, la pérdida de uno mismo, la sexualidad y la transexualidad, ya eran cuestiones intrínsecas a aquellos que nos precedieron. Las estrellas se pelean por conseguir un buen asiento, hasta ellas están expectantes. Atentos, atentos, que la función va a comenzar, y este año la cartelera no tiene nada que envidiar a la de ediciones pasadas.

La primera representación es Jasón y las furias, una obra basada en el mito de Jasón y Medea que se puede ver este 7 de julio. Él, un príncipe exiliado que necesita conseguir el vellocino de oro para recuperar su trono. Ella, una hechicera nieta de un titán que no duda en ayudarlo y escapar de su isla. Lo consiguen, se enamoran, tienen hijos... pero el pueblo entra en cólera por la forma en la que se libran de su actual gobernador y ellos se ven obligados a abandonar el reino. Tras 10 años de exilio, Jasón traiciona a la hechicera a cambio de conseguir un hogar, y ella, afligida, decide vengarse dando muerte a sus hijos.
En esta representación, encarna a Medea la mismísima Carmen Mayordomo. “Cuando me enteré de que iba a representarla, me entró un miedo terrible, porque además estrenaríamos la función en el Festival de Teatro de Mérida”. Este grandioso teatro romano se volvió a utilizar para las artes escénicas en la Segunda República, precisamente con una versión de Medea. “Empezó representándola Margarita Xirgu, y es un personaje que lo han hecho muchas de las grandes. Entonces siempre da vértigo, sientes una inmensidad”.
Fue la versión de Nando López la que le tranquilizó: “ha humanizado el texto, a ella, una mujer traicionada, vulnerable, exiliada, que vive en una tierra extranjera con todo lo que eso supone, inmigrante y, ante todo, sola. Sola y traicionada por Jasón. Sin recursos. Es eso lo que desata su ira, su venganza, su miedo. Obviamente la violencia vicaria no es la vía, pero humanamente la podemos entender. Comprender de dónde sale esa fragilidad, esa desesperación humana. Ha sido todo un trabajo de empatía”.

Cecilia Solaguren ha sentido una sensación parecida a la hora de interpretar a Cipión, uno de los canes de Palabra de perro, adaptación de El coloquio de los perros de Miguel de Cervantes, que se representará el 11 de julio. De las primeras preguntas que le hacemos al entrevistarla es: “¿Cómo se actúa como un perro?”, ella se ríe. Nos explica que el atuendo hace mucho, que las personas ya vienen con el pacto de ficción hecho de casa y ya saben que van a ver a dos perros, pero, sobre todo, que las indicaciones de Cristian González, director de la coreografía y el movimiento, han sido indispensables: “Nos ha ayudado a movernos de forma más introvertida, a darle humanidad a los personajes”.
Si uno se fija, las tramas de Palabra de perro y de Jasón y las furias no son tan diferentes entre sí. Esta novela de Cervantes es en realidad una conversación entre Berganza y Cipión, dos perros que una noche, sin esperarlo, se dan cuenta de que tienen la capacidad de hablar. Entonces Berganza, representado por el actor Jimmy Castro, le empieza a relatar a Cipión las desgracias que le han ocurrido a lo largo de su vida. Malos tratos, personas con intenciones retorcidas y todas las veces en las que le han arrebatado la dignidad. “Es un texto con denuncia: vemos lo humano, lo identitario, el estar fuera de tu lugar de origen, ante lo desconocido… es algo universal, ha pasado siempre. Siempre ha habido migraciones, gente desarraigada, gente que ha tenido que buscarse la vida en otro lugar, que ha perdido la dignidad”, expresa, con pasión, Cecilia.
“Berganza y Cipión hablan de cómo las personas perdemos la humanidad”, continúa la actriz. “Hablan de que la mirada del resto de personas nos puede arrebatar la dignidad, darnos una vida más humana o inhumana. Hablan también de un aprendizaje, de cómo a través de nombrar lo que te está pasando, te das cuenta de que puedes ir recuperando tu ser, tu determinación. Es el viaje de un ser que pasa de ser sometido a estar erguido”.
Nos comenta que el texto ha sido difícil de estudiar porque tiene un lenguaje complicado. Que, si se olvida de una preposición o un artículo, se descalabra toda la frase. “Pero una vez lo tienes… es muy gustoso de decir. Está lleno de sentidos, de contenido, de ironías. Para explicar un concepto como el amanecer, la dignidad o el poder, utiliza varios párrafos. Se recrea en el lenguaje”.
La tercera mujer con la que hablamos es María Fontanals, actriz que actúa como protagonista en La Monja Alférez el 9 de julio. A diferencia de las otras dos obras que el lector y espectador ha conocido hasta esta altura del reportaje, esta historia está basada en un personaje real: Catalina de Erauso. A los cuatro años, por el simple hecho de ser una niña ‘rebelde’, sus padres la encierran en un convento de clausura. Pasa allí toda su infancia hasta que, con 15 años, se viste de soldado y escapa. A partir de entonces, Catalina se hace llamar Guzmán. Es un gran caballero y se mete en muchos problemas. Viaja a Las Américas e incluso se enamora de una mujer, doña Ana.
La Monja Alférez se atribuyó al español Juan Pérez de Montalbán durante cuatro siglos, hasta que recientemente el profesor Germán Vega García-Luengos de la Universidad de Valladolid ha descubierto que su verdadero autor fue el escritor mexicano del siglo XVII Juan Ruiz de Alarcón. A su protagonista muchos la consideran la ‘Mulán’ española. Otros la reivindican como el personaje transexual del Siglo de Oro. Para esta puesta en escena se ha intentado traer al personaje de Catalina a la tierra. “Es cierto que fue y es un icono”, me aclara, “pero al fin y al cabo no deja de ser una persona que vivió y que tuvo sus defectos, sus virtudes, sus ganas, sus ansias, sus deseos y sus frustraciones. Hemos intentado aproximarnos al personaje desde un punto de vista más humano. Al de una niña, y después una persona adulta que intentaba respirar en un ambiente tan claustrofóbico como era aquel controlado por el poder religioso y el poder político, donde los hombres eran los únicos que tenían libertad”.
María y el resto de la compañía desconocían al personaje. Lo conocieron en otro festival, mientras ellos representaban Fuenteovejuna. Quedaron fascinados y enseguida decidieron que iba a ser la próxima representación de la compañía. “Cuando me eligieron a mí para interpretar a Guzmán fue un reto. Sobre todo, a nivel físico. Quería expresar a la vez esa libertad y esa masculinidad sin hacer una caricatura de aquellas personas que se identifican como hombres. Hablé con personas transexuales y mujeres lesbianas que se consideran más masculinas para que me contaran su experiencia. Buceé y buceé. Fue abrir un mundo realmente interesante para mí como actriz”.
Les preguntamos cómo es actuar en Peñíscola, en un escenario tan mágico como es el castillo. “El entorno influye mucho”, comienza diciendo la actriz de Guzmán. “Esta obra ya la hemos actuado en Territorio Artlanza, en Quintanilla del Agua, al aire libre, bajo las estrellas, los murciélagos volando… todos estos elementos añaden y nutren. Es como tener una escenografía natural. Y por eso estamos deseando ir a Peñíscola, porque sabemos que va a ser una experiencia excepcional. Tienes ahí todo el entorno, no hay que recurrir a la imaginación”.
Para Carmen Mayordomo es el segundo Festival de Peñíscola al que acude: “Yo tengo muchas ganas de actuar allí el martes. Y no solo por nosotros. Creo que es una experiencia que nutre a la gente, a los espectadores. Estar ahí, con el mar de fondo, cayendo la oscuridad en ese alto, en ese castillo… es una experiencia que no se pueden perder”.
“Soy las tres mujeres de mediana edad”, comenzamos a preguntarles. “Mayores para los papeles de hijas, jóvenes para los de madres. ¿Se aparta a la mujer del escenario cuando está en esta edad?”
“Creo que el edadismo existe”, introduce Cecilia. “He de decir que a mí me llegan cosas que me tienen que llegar, no estoy conflictuada. En el cine veo que las actrices mayores son esquinadas, aunque cada vez menos. Yo sigo encontrándome con personajes interesantes. En el teatro se es más libre que en el cine porque es más artesanal. Cipión podría haber sido un hombre, pero es una mujer. ¡Eso es maravilloso! En el cine quizás habría sido más difícil”.
Carmen Mayordomo opina lo mismo: el teatro tiene más libertad. “Si decidimos todos que este espacio es mi casa, o cualquier otro sitio, todos nos lo creemos”. María Fontanals destaca que, en general, hay menos papeles en el teatro clásico y en el Siglo de Oro para mujeres, y que los que hay muchas veces son para mujeres jóvenes. Pero para ella el escenario cuenta con un punto de energía fundamental de aquello que quieras representar. “Por eso es importante también que los directores de casting tengan la mente muy abierta, y elijan a actores y actrices que enérgicamente puedan encajar en el personaje”.
Sin embargo, aunque el mundo de la interpretación empieza a superar muchas barreras, también se acerca a nuevos retos. Las tres están de acuerdo en los retos que siempre han existido: mucha oferta de actores, poca demanda. Mucha competitividad. Pero las nuevas tecnologías también acechan al teatro, y con ella llega, como a muchas más industrias, el uso de la inteligencia artificial. María Fontanals cree que va a ser una amenaza sin duda, especialmente para los actores de doblaje. “Creo que va a añadir otra capa de dificultad”. Carmen Mayordomo no está de acuerdo: “Yo creo que el teatro va a sobrevivir a todo y a todos, porque parte de una necesidad humana, que es contarnos las cosas. La necesidad también de rituales. El teatro nace de ahí. Necesidad de explicarnos, de ver cosas, de entender el mundo donde estamos. Esa necesidad no va a desaparecer”.
El teatro es intrínseco a lo humano, coinciden las tres. “La vida ahora mismo cambia de un día para otro”, argumenta Mayordomo. “Nos acostamos con una cosa, nos levantamos con una guerra al lado… todo cambia de un día para otro. Vivimos rápido, perdidos. El teatro, aparte de ser un entretenimiento, que lo es, es juntarnos todos en un espacio reducido, desconectar y conectar con lo que estamos viendo en el escenario”. Fontanals añade: “El teatro es magia, es diálogo, es baile, es una comunicación que va más allá de las palabras. La gente va al teatro para que le toquen el alma. Es un arte muy sanador, embellece el espíritu”.
Cecilia, nuestra Cipión, coincide: “Yo creo que hoy en día vivimos muy rápido, pensamos muy rápido y lo queremos todo ya. Pensamos que eso nos va a generar satisfacción y es todo lo contrario. Necesitamos tiempo, necesitamos dejar que la mente mire, aunque no esté recibiendo nada momentáneo, y el teatro nos ofrece ese tiempo. Nos ofrece desde que tú sales de tu casa, compras la entrada, te preparas, te sientas en el patio de butacas, esperas un poquito a que se abra el telón, se abre el telón si es que hay telón o se hace la luz, estás un rato viendo una historia... tu imaginación se está poniendo en marcha. Genera salud mental. Y luego, siempre vas a ver algo que refleje lo humano, que sitúe al espectador en el escenario, que se vea reflejado en un personaje, que le recuerde a otro momento de su vida, que le haga pensar. En especial el teatro clásico, que en realidad es muy moderno. Si un texto tan clásico lo traes a la actualidad, te lleva a muchos tiempos, no solo a uno. Y eso es fantástico”.
Amanda Fergo