La actriz Gretel Stuyck, fundadora de la compañía La Máquina, presenta en el Festival de Peñíscola una revolucionaria versión de Doña Rosita la soltera de Federico García Lorca
Esta es la historia de una niña que, antes de aprender a caminar por la vida, aprendió a sostenerse sobre la punta de sus pies. Una niña que aprendió a ver el mundo a través de la madera de una barra de ballet. En el salón de su tía Margarita, entre pasos y correcciones, se forjó un destino. La tía, bailarina de profesión, miró a su sobrina y le dio una orden que cambiaría su vida: «tú no te lo dejes, porque se te da muy bien». Y Gretel, que hoy reconoce entre risas que siempre ha sido «muy obediente», no soltó esa barra nunca.
Esa constancia la llevó a completar la carrera de danza y a subir a los escenarios de Madrid y Barcelona. Décadas después, aquella niña se ha convertido en una mujer de 52 años que presenta en el Festival de Peñíscola una propuesta tan inesperada como sugerente: un espectáculo que entrelaza la tragedia de Doña Rosita la soltera, de Federico García Lorca, con el brillo y la energía de Raffaella Carrà.
La esquizofrenia de ser todos y nadie
Gretel no entra en escena para ser solo la novia que espera; entra para ser el tío que cultiva flores, la tía que sufre en silencio, el ama que sentencia y el novio que huye. Bajo la dirección de Rafa Cruz y con un texto de Marc Rosich, la actriz se enfrenta a lo que ella denomina una «esquizofrenia maravillosa».
Para ella, no hay dificultad técnica que el propio Lorca no resuelva. Sostiene que el texto del poeta granadino tiene una fuerza gravitatoria propia: «El propio texto te coloca donde él quiere», afirma. Asegura que el dramaturgo ya les deja a los actores «el viaje preparadito de una manera brutal». En ese escenario, Gretel se mueve con un distanciamiento casi brechtiano, entrando y saliendo de la tragedia de Rosita para explicarla desde dentro y desde fuera, un juego de espejos donde la actriz se descubre en cada fragmento.
El maridaje inesperado: Lorca y la Carrà
La actriz defiende que ambos artistas comparten una raíz común: la honestidad popular. Lorca siempre quiso un teatro para el «gallinero», para el tercer piso, algo que llegará a la gente de verdad. Raffaella tenía esa misma capacidad de conexión masiva. Gretel relata cómo hay momentos poéticos tan potentes en la obra donde las letras de las canciones se insertan en los versos de Federico de tal forma que «uno no se da cuenta de quién es quién»
Pero, ¿cómo encajan las canciones de la italiana con la reprimida Rosita? Al escuchar la pregunta, Gretel se inclina hacia delante, y sonríe tímidamente. «Los dos van en la misma dirección», sentencia. La Carrà en su momento hablaba de la liberación femenina y Lorca está hablando de la represión femenina.

Rosita somos todos
Hablar de Doña Rosita es hablar del tiempo, de la espera y de las flores que se marchitan antes de ser arrancadas. Pero para Gretel, Rosita es un espejo de una realidad social contemporánea. «Rosita está en todas las personas», reflexiona. Habla de lo que uno espera de la vida pasados los 30 o los 40, y de lo que la vida es en realidad.
Gretel ve en el personaje una advertencia sobre esos «pactos internos» que las personas hacen consigo mismas y que terminan por amargar su propia existencia porque «nos empeñamos en esperar algo que nunca volverá». Frente a esa rigidez que consume a la protagonista, la actriz propone una filosofía de vida mucho más flexible: «Hay que ser un poco más junco y aceptar que las cosas, a veces, simplemente son como son».
Esta visión conecta directamente con la perspectiva de género. Aunque parezca que la represión de la mujer es cosa del pasado, Gretel recuerda que los derechos actuales son «de hace nada». Recuerda a su propia madre, criada en el franquismo bajo una educación que enseñaba a la mujer a estar «aseada» para cuando llegara el marido. Lorca, según Gretel, tuvo una visión femenina tan grande que hoy sus palabras siguen doliendo igual, recordándonos que todavía hoy se cuestiona a la mujer que decide no casarse o no tener hijos.
El tercer acto
Cuando acaba la entrevista, Gretel me cuenta al final cómo está acabando la obra de su vida. Aquella tía Margarita, la que le puso la barra en el salón y le prohibió abandonar el arte, se jubiló hace unos años después de toda una vida en el conservatorio. Pero la danza nunca la abandonó. Hace un par de años, cuando Gretel todavía impartía clases en La Máquina, ocurrió algo mágico: su tía Margarita acudía como alumna a las clases de ballet que daba su sobrina.
«Ella me dio clase a mí al principio, y yo le di después», recuerda Gretel con una mezcla de orgullo y nostalgia por el paso del tiempo.
Las tornas se dieron la vuelta, pero la esencia se mantuvo intacta. La niña obediente no solo no dejó la danza, sino que construyó un templo para ella. El círculo se cerró en una sala de ensayo de Valencia, donde maestra y alumna intercambiaron los papeles. Así demuestran que mientras haya una barra en la que apoyarse y una historia que contar, el tiempo puede pasar, pero todo vuelve a sus inicios. Gretel Stuyck sigue ahí, en el escenario, ese lugar donde confiesa que es «donde mejor estoy del mundo». Allí consigue atrapar cada momento, cada emoción y cada nota de la Carrà para recordar al público que, al final, la vida es lo que ocurre mientras nos atrevemos a actuar.
Aina Beltrán Alapont